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Fiscal fairness is pivotal for EU survival

The European Union is still a rather wealthy place in the world. This means that it is a great opportunity for many firms to try and enter this market, to develop new products and push forward technological progress. As a socialist, I cannot but encourage all those who follow their passion and talent and put it to the service of everybody else by working hard and competing in the business world. It is simply right that those who succeed enjoy a reward for this. A strong free market *can* be a wonderful opportunity for consumers, as long as actors who are in it are accountable to society as a whole, to their shareholders but also to their stakeholders. This, in Europe, is not the case any more. Huge corporations have managed to harvest a political, financial and commercial firepower that is big enough to influence collective decision making processes. We came to the point where the Greek people were humiliated and stripped of their hopes and futures because a couple of bank across Europe were full of their bonds. Today, governments are competing against each other to steal away firms and businesses from neighbour countries by lowering and lowering corporate taxes. This is unfair, when some states are already facing tremendous financial problems. It is unfair because it advantages those countries who are already stronger and it incentives the creation of fiscal loopholes. It is therefore a mechanism that leads to a deepening of the dangerous asymmetries that have developed through member countries and that are leading to profound political instabilities. Fiscal competition can be beneficial when it is fair and sustainable. And it should work the other way round. The weakest parts of the Union should have fiscal incentives to develop, not the other way round. It is therefore time to act on this, to call for a minimum corporate tax adjusted according to the industrial power of the countries, to rebelance competition, because no market is better than a truly inclusive market. It is time to combat fraud and evasion: nobody is successful on their own, but thanks to the fact there is a society around them. Asking to give back is therefore legitimate and everyone should comply. I firmly believe that the European Union will have no future if we do not rediscover and propose to the public debate ideas and words such as respect, solidarity, fairness, democracy. It is only us, the Socialist, that can do this.
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En este contexto social, cualquiera podría pensar en la actual crisis en la que nos vemos inmersos y que no afectado únicamente a la economía y a los servicios sociales, sino que se ha extendido a toda la estructura organizativa, desde la crisis de representación política hasta la aparición de los nuevos partidos políticos, pasando por las inminentes crisis territoriales como la de Cataluña en España o el Brexit. Esta crisis, como es natural, también se ve reflejada en las demandas de la ciudadanía en cuestiones relativas a profundización democrática cuyo conocimiento y ejemplificación parecen más accesibles hoy en día debido a la bien conocida por todos, la Sociedad de la Información en la que vivimos. En este sentido, creo que es especialmente necesaria la democratización interna de los partidos políticos en estos tiempos, cuando este objetivo es compartido por muchas personas no sólo como sentimiento sino también como principio inspirador para el correcto funcionamiento de nuestro sistema político. Sin embargo, los resultados que muestran cuantiosos estudios sociológicos de carácter analítico de los comportamientos de la sociedad y sus instituciones a todos los niveles y en todos los ámbitos, son poco esperanzadoras. En los últimos años, se han registradolos perores resultados en encuestas oficiales de este tipo y los partidos políticos han bajado notablemente su valoración, generando desconfianza en la clase política como una de las principales preocupaciones de la ciudadanía. Esta necesidad de democracia interna, no es una señal novedosa, sino que ha estado presente desde la aparición de los partidos de masas, esto es, que están cada vez están más alejados de la sociedad. Pero, a pesar de todo ello y de las recurrentes críticas, los partidos, siguen constituyendo el mecanismo asociativo más adecuado para canalizar la pluralidad política de la sociedad y para estructurar democráticamente los órganos de poder político de los Estados. De ahí la necesidad de seguir profundizando en la democratización interna de los mismos y en la plena vigencia en su interior de los derechos constitucionales de sus afiliados y afiliadas, como base del proceso de participación política democrática. Para ello, sería interesante, desde mi punto de vista, foto mecanismos, estructuras y/o procedimientos informales de organización con la perspectiva de evitar la tendencia de la ciudadanía a ver a los partidos desde un punto de vista meramente formal, de manera que esta visión minimice la importancia del realismo existente en las relaciones sociales y prácticas políticas presentes en las organizaciones. Pues, que los recursos de los partidos no sean estrictamente partidistas, ayuda a que los partidos alcancen sus metas y tengan una conexión fuerte con el electorado, lo que se convierte en un destacado condicionante de cualquier proceso de democratización interna de las formaciones políticas de un estado. A modo de resumen, podemos decir que es necesario descubrir cómo pueden conseguirse los mayores niveles de democracia interna en un partido. Y que, básicamente, esta consideración queda reducida a la elección de sus líderes y candidatos por sus afiliados y afiliadas a través de mecanismos competitivos; a la toma de decisiones de forma inclusiva y con la participación voluntaria de sus miembros; a la libertad de expresión interna y externa sin miedo a represalias y a que los candidatos/as, cargos públicos y autoridades rindan cuentas de sus actos a través de mecanismos de control efectivo que les conceda la confianza de sus bases asentada en el respeto de una serie de derechos, responsabilidades y garantías. En definitiva, parece que el futuro de los partidos políticos posiblemente esté asociado a una mayor transparencia en sus gestiones; a una mayor profesionalización de sus dirigentes políticos y al fortalecimiento de los mecanismos de fiscalización de sus actividades. Al fin y al cabo, los partidos más democráticos deberían suponer mayor número de recursos humanos y financieros para las actividades del partido; mayor legitimidad frente al potencial electorado y, en consecuencia, un mayor número de votantes y afiliados. A fin de cuentas, el objetivo final recae en la mayor confianza de los ciudadanos y que otorgará el éxito electoral y político a los partidos.

En los últimos años, la emigración desde las zonas menos desarrolladas hacia zonas más prósperas ha sido consecuencia directa del aumento de las desigualdades económicas en todas las partes del mundo en general. Asimismo, esta llegada de gentes de diversas culturas a otros países afecta a dos realidades interrelacionadas entre sí; la globalización y el multiculturalismo. Durante décadas ha existido un profundo debate entre los principales argumentos defendidos, de un lado, por liberales y, de otro, por comunitaristas. La clasificación que los divide tiene su origen en una forma de referencia un tanto ambigüa, debido a la amplia gama de teorías en ambas corrientes. Asimismo, a través de esta recopilación nos basaremos en la presencia de un conjunto de diferencias notables entre ellos. Por su parte el liberalismo, reúne un conjunto de doctrinas heterogéneas como el liberalismo igualitario o social y vertientes más radicales en cuestiones de independencia del individuo como el liberalismo individual, que ciertamente se opone al individualismo adoptado por el comunitarismo. Asimismo, una de las características primordiales del liberalismo, que a su vez lo dota de tintes de insuficiencia, es la defensa de una neutralidad por parte Estado, al que se le supone una actuación positiva. Frente a una diferencia clara con el comunitarismo que reivindica una política de la diferencia capaz de reconocer las peculiaridades de cada grupo con el claro objetivo de conseguir una democracia más inclusiva. De manera que, surge un debate ente la defensa de las minorías por parte del comunitarismo y la defensa de una cultura dominante por parte del liberalismo, el cual al mismo tiempo que da una imagen de esfuerzo por combatir la discriminación reforzando la legislación en la materia, propone que se puedan permitir determinadas modificaciones en las instituciones de la cultura mayoritaria. Por su parte, el comunitarismo distingue el concepto igualitario del de identidad, con el que busca el reconocimiento de unos derechos para los individuos pertenecientes al mismo grupo, a diferencia del concepto de igualdad amparado por los liberales, cuyos derechos son universales e iguales para todos. En definitiva, estoy a favor del pensamiento comunitario a la hora de atender las diferencias de los colectivos, algo imprescindible para evitar que algunas culturas minoritarias desaparezcan, y estoy de acuerdo con el fin de alcanzar la igualdad respecto de aquellos grupos más desfavorecidos. Por el contrario y a modo de crítica, el liberalismo me parece un sistema que establece límites en la defensa de los derechos de las comunidades lo que genera un déficit en el necesario reconocimiento de derechos de los ciudadanos, que entiendo como mecanismo corrector a la hora de garantizar derechos a ciertos colectivos, como por ejemplo el de la identidad cultural. Deduzco que el Estado no debe limitarse a defender los derechos de los individuos, sino también los de las comunidades culturales en las que éstos se integran. Finalmente, considero idónea la fórmula de comunitarismo, pero la revisión de ambos argumentos me hace considerar que la protección de las culturas de determinados grupos requiere que el reconocimiento de los derechos colectivos culturales sea condición necesaria para el ejercicio de la autonomía individual y merece la búsqueda de una identidad estrechamente ligada a la cultura; porque la identidad se forja en conexión con otros y depende por tanto del contexto social. Ese reconocimiento es necesario para alcanzar la igualdad respecto de aquellos grupos más desfavorecidos. En definitiva, todas las sociedades organizan su estructura en torno a los distintos fenómenos tanto naturales como culturales o sociales en los que intervienen o participan sus individuos construyendo asimismo una forma de presentarse al mundo. Cuando hablamos de cultura, hablamos de ese conjunto de símbolos, normas, creencias, ideales, costumbres, mitos y rituales que avalan la historia de un pueblo, que se transmiten de generación en generación y que otorgan un sentido de pertenencia e identidad a los miembros de una comunidad. En las últimas décadas y desde una cultura política democrática de las naciones, se ha llegado a una idea de pluralidad que parte de la convicción de que cada cual tiene el mismo derecho a ejercer todas las libertades individuales de manera que cada sociedad se rija por una actitud tolerante frente a las distintas creencias existentes y en ocasiones contradictorias, dentro de un mismo espacio político. En este sentido, hablar del principio de pluralidad implica el reconocimiento genuino del otro y de su derecho a ser diferente.

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