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Taxes have to redistribute what has been taken from society, not profits

A former minister of labour under US president Clinton, Robert Reich, makes clear that higher income taxes do not obstruct economic growth, spread income more correctly in society and it creates a road to a more evenly spread wealth. Today it seems common knowledge that people who are best equipped to extract money from society are best equipped to invest in spending for the common good. Recent crises have shown the opposite. • I think government is best equipped to redistribute wealth in society, unless government is run by opposite forces. Government now is run by the opposite forces and the socialists are the opposition. Should it not be made clear that beyond cheating behaviour of contemporary governments and departments the tax system has to be reformed in such a way that the redistribution of income has to be reversed to all people who potentially create it and not to those whose activity is extracting money from society? • For this I like to refer to basic income proposal of the sector of social beneficiaries of the trade union FNV. It suggests to tax all sorts of income (wage, profit, interest, increase of value, heritage, transfers) with a progressive tax from 50% to 70%, with an exception for a liveable basic income. Everybody is free to work for more.
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En este contexto social, cualquiera podría pensar en la actual crisis en la que nos vemos inmersos y que no afectado únicamente a la economía y a los servicios sociales, sino que se ha extendido a toda la estructura organizativa, desde la crisis de representación política hasta la aparición de los nuevos partidos políticos, pasando por las inminentes crisis territoriales como la de Cataluña en España o el Brexit. Esta crisis, como es natural, también se ve reflejada en las demandas de la ciudadanía en cuestiones relativas a profundización democrática cuyo conocimiento y ejemplificación parecen más accesibles hoy en día debido a la bien conocida por todos, la Sociedad de la Información en la que vivimos. En este sentido, creo que es especialmente necesaria la democratización interna de los partidos políticos en estos tiempos, cuando este objetivo es compartido por muchas personas no sólo como sentimiento sino también como principio inspirador para el correcto funcionamiento de nuestro sistema político. Sin embargo, los resultados que muestran cuantiosos estudios sociológicos de carácter analítico de los comportamientos de la sociedad y sus instituciones a todos los niveles y en todos los ámbitos, son poco esperanzadoras. En los últimos años, se han registradolos perores resultados en encuestas oficiales de este tipo y los partidos políticos han bajado notablemente su valoración, generando desconfianza en la clase política como una de las principales preocupaciones de la ciudadanía. Esta necesidad de democracia interna, no es una señal novedosa, sino que ha estado presente desde la aparición de los partidos de masas, esto es, que están cada vez están más alejados de la sociedad. Pero, a pesar de todo ello y de las recurrentes críticas, los partidos, siguen constituyendo el mecanismo asociativo más adecuado para canalizar la pluralidad política de la sociedad y para estructurar democráticamente los órganos de poder político de los Estados. De ahí la necesidad de seguir profundizando en la democratización interna de los mismos y en la plena vigencia en su interior de los derechos constitucionales de sus afiliados y afiliadas, como base del proceso de participación política democrática. Para ello, sería interesante, desde mi punto de vista, foto mecanismos, estructuras y/o procedimientos informales de organización con la perspectiva de evitar la tendencia de la ciudadanía a ver a los partidos desde un punto de vista meramente formal, de manera que esta visión minimice la importancia del realismo existente en las relaciones sociales y prácticas políticas presentes en las organizaciones. Pues, que los recursos de los partidos no sean estrictamente partidistas, ayuda a que los partidos alcancen sus metas y tengan una conexión fuerte con el electorado, lo que se convierte en un destacado condicionante de cualquier proceso de democratización interna de las formaciones políticas de un estado. A modo de resumen, podemos decir que es necesario descubrir cómo pueden conseguirse los mayores niveles de democracia interna en un partido. Y que, básicamente, esta consideración queda reducida a la elección de sus líderes y candidatos por sus afiliados y afiliadas a través de mecanismos competitivos; a la toma de decisiones de forma inclusiva y con la participación voluntaria de sus miembros; a la libertad de expresión interna y externa sin miedo a represalias y a que los candidatos/as, cargos públicos y autoridades rindan cuentas de sus actos a través de mecanismos de control efectivo que les conceda la confianza de sus bases asentada en el respeto de una serie de derechos, responsabilidades y garantías. En definitiva, parece que el futuro de los partidos políticos posiblemente esté asociado a una mayor transparencia en sus gestiones; a una mayor profesionalización de sus dirigentes políticos y al fortalecimiento de los mecanismos de fiscalización de sus actividades. Al fin y al cabo, los partidos más democráticos deberían suponer mayor número de recursos humanos y financieros para las actividades del partido; mayor legitimidad frente al potencial electorado y, en consecuencia, un mayor número de votantes y afiliados. A fin de cuentas, el objetivo final recae en la mayor confianza de los ciudadanos y que otorgará el éxito electoral y político a los partidos.

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En los últimos años, la emigración desde las zonas menos desarrolladas hacia zonas más prósperas ha sido consecuencia directa del aumento de las desigualdades económicas en todas las partes del mundo en general. Asimismo, esta llegada de gentes de diversas culturas a otros países afecta a dos realidades interrelacionadas entre sí; la globalización y el multiculturalismo. Durante décadas ha existido un profundo debate entre los principales argumentos defendidos, de un lado, por liberales y, de otro, por comunitaristas. La clasificación que los divide tiene su origen en una forma de referencia un tanto ambigüa, debido a la amplia gama de teorías en ambas corrientes. Asimismo, a través de esta recopilación nos basaremos en la presencia de un conjunto de diferencias notables entre ellos. Por su parte el liberalismo, reúne un conjunto de doctrinas heterogéneas como el liberalismo igualitario o social y vertientes más radicales en cuestiones de independencia del individuo como el liberalismo individual, que ciertamente se opone al individualismo adoptado por el comunitarismo. Asimismo, una de las características primordiales del liberalismo, que a su vez lo dota de tintes de insuficiencia, es la defensa de una neutralidad por parte Estado, al que se le supone una actuación positiva. Frente a una diferencia clara con el comunitarismo que reivindica una política de la diferencia capaz de reconocer las peculiaridades de cada grupo con el claro objetivo de conseguir una democracia más inclusiva. De manera que, surge un debate ente la defensa de las minorías por parte del comunitarismo y la defensa de una cultura dominante por parte del liberalismo, el cual al mismo tiempo que da una imagen de esfuerzo por combatir la discriminación reforzando la legislación en la materia, propone que se puedan permitir determinadas modificaciones en las instituciones de la cultura mayoritaria. Por su parte, el comunitarismo distingue el concepto igualitario del de identidad, con el que busca el reconocimiento de unos derechos para los individuos pertenecientes al mismo grupo, a diferencia del concepto de igualdad amparado por los liberales, cuyos derechos son universales e iguales para todos. En definitiva, estoy a favor del pensamiento comunitario a la hora de atender las diferencias de los colectivos, algo imprescindible para evitar que algunas culturas minoritarias desaparezcan, y estoy de acuerdo con el fin de alcanzar la igualdad respecto de aquellos grupos más desfavorecidos. Por el contrario y a modo de crítica, el liberalismo me parece un sistema que establece límites en la defensa de los derechos de las comunidades lo que genera un déficit en el necesario reconocimiento de derechos de los ciudadanos, que entiendo como mecanismo corrector a la hora de garantizar derechos a ciertos colectivos, como por ejemplo el de la identidad cultural. Deduzco que el Estado no debe limitarse a defender los derechos de los individuos, sino también los de las comunidades culturales en las que éstos se integran. Finalmente, considero idónea la fórmula de comunitarismo, pero la revisión de ambos argumentos me hace considerar que la protección de las culturas de determinados grupos requiere que el reconocimiento de los derechos colectivos culturales sea condición necesaria para el ejercicio de la autonomía individual y merece la búsqueda de una identidad estrechamente ligada a la cultura; porque la identidad se forja en conexión con otros y depende por tanto del contexto social. Ese reconocimiento es necesario para alcanzar la igualdad respecto de aquellos grupos más desfavorecidos. En definitiva, todas las sociedades organizan su estructura en torno a los distintos fenómenos tanto naturales como culturales o sociales en los que intervienen o participan sus individuos construyendo asimismo una forma de presentarse al mundo. Cuando hablamos de cultura, hablamos de ese conjunto de símbolos, normas, creencias, ideales, costumbres, mitos y rituales que avalan la historia de un pueblo, que se transmiten de generación en generación y que otorgan un sentido de pertenencia e identidad a los miembros de una comunidad. En las últimas décadas y desde una cultura política democrática de las naciones, se ha llegado a una idea de pluralidad que parte de la convicción de que cada cual tiene el mismo derecho a ejercer todas las libertades individuales de manera que cada sociedad se rija por una actitud tolerante frente a las distintas creencias existentes y en ocasiones contradictorias, dentro de un mismo espacio político. En este sentido, hablar del principio de pluralidad implica el reconocimiento genuino del otro y de su derecho a ser diferente.

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